domingo, 05 de septiembre de 2010
 
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Escrito por Administrator   

Por: Miguel Rubén Moreyra

 

 

    Tiempo de cosecha. El puerto era un verdadero ajetreo de gente que con gran entusiasmo se ocupaba del traslado de algodón desde una orilla a otra.

         El sol de ese día de febrero había asomado en todo su esplendor y resaltaba la blancura del textil que el viento esparcía por toda la playa de arena que dejaba la bajante del río. 

         Es que la cosecha de ese año había sido muy benigna. Y se podía asegurar que la vida de los pobladores de aquel paraje danzaba al compás del ritmo que imponía el preciado oro blanco. 

         Desde la barranca formoseña se escuchó la gruesa imprecación del gringo que llegaba hecho una bolsa de nervios. Era Esteban, un joven comerciante de El Colorado, que exteriorizaba así su desazón porque la vieja barcaza transportaba en ese momento al último colectivo que debía llevarlo a Resistencia, donde le aguardaba una serie de trámites que no podía postergar. 

         -¿Qué le pasa, don Esteban? –le preguntó el Virana Canavesio, acercándose para ver el motivo de tanto alboroto. 

         -¡El colectivo! ¡Se me va el colectivo y yo tengo que estar hoy en Resistencia! 

         -Cálmese, don Esteban, que debe haber una solución. 

         -¡Pero qué solución va a haber! ¡Si están todas las canoas ocupadas con el algodón! 

         Virana dirigió su mirada hacia el puerto. En efecto, las canoas no daban abasto. Marcelino había “acollarado” hasta tres de ellas con tablones para conseguir mayor capacidad de transporte, mientras que los demás canoeros multiplicaban sus esfuerzos para hacer un trabajo eficiente. 

         Luego de cruzar una mirada con el Negro, su hermano, Virana dijo entre dientes: 

         -El cable, don Esteban... 

         ¡¿El qué?! 

         -Sí, don Esteban, el cable carril. Es su única alternativa para llegar a tiempo. 

         Los Canavesio eran unos santafecinos muy agradables, mezcla de bonachones y chanceros y muy apreciados en el lugar. Pero había que andar con cuidado porque siempre estaban al acecho de algún incauto. 

         En realidad el cable carril era una novedad que estaba en su fase experimental, como respuesta a la gran demanda de la creciente producción algodonera, y asomaba como otro jalón de progreso. 

         Consistía en un grueso cable asegurado a un enorme paraíso en la barranca formoseña, terminando el otro extremo en brusco declive en la enorme playa de arena de enfrente, escenario de todo el movimiento que configuraba el puerto.

 

       

 

Las bolsas de algodón se transportaban en carritos de madera en forma de catre que pendían de dos roldanas que rodaban por el cable. Completada la carga el carrito era liberado y con el declive iba a “aterrizar” en la playa, provocando tal desbarajuste que las bolsas se esparcían por todas partes. A pesar de que habían dispuesto un montón de bolsas viejas que servían para amortiguar el impacto. 

         -Pero... eso es peligroso –les dijo. 

         -No crea, don Esteban. Sólo es cuestión de que tenga un poco de cuidado y siga nuestras instrucciones. Ya verá que todo es muy sencillo. 

         El gringo, de finos bigotes y vestido con traje oscuro y corbata, no lo pensó mucho; sus urgencias no le dejaban margen para andar midiendo los riesgos. Por otra parte, no era de los que se amilanaban con poca cosa y éste era tan sólo un desafío más. 

         Lo sentaron en un encatrado más chico que los usados para el algodón y que se utilizaba para el engrasado del cable. Le aconsejaron que se sujetara con fuerza y le proveyeron de una tablita que, colocándola de tanto en tanto en una de las roldanas, debía servirle de freno. 

         -Ya sabe, don Esteban, no se olvide de usar el freno como le recomendamos –le recordaron los hermanos, que se preparaban para la diversión. 

         -¿Todo listo? Entonces ¡Buen viaje! 

         Arrancó bien. Iba dos metros, tablita y freno. Dos metros más, tablita y freno. Otros dos metros... Pero Esteban, en su ansiedad, cometió la imprudencia de mirar hacia abajo y observar que la balsa ya había llegado, lo que le hizo perder la sincronización de sus movimientos. Cuando quiso corregir esta distracción ya el “vehículo” había adquirido mucha velocidad y sólo quedaba una opción: afirmarse y encomendarse a Dios. 

         Abajo no podían dar crédito a lo que presenciaban. Todo el mundo había dejado de lado sus tareas para apreciar el insólito espectáculo. 

         El carrito había alcanzado una velocidad superior a los sesenta kilómetros por hora y era de imaginar la llegada del viajero. 

         Dueño de un temple envidiable, Esteban no había perdido la calma pese a todo y comenzó a prepararse para el “aterrizaje”. 

         Cuando recorría los últimos veinte metros y el carrito casi rozaba el suelo, nuestro héroe decidió que no le convenía arriesgar todo lo hecho soportando el impacto contra las bolsas y, juntando el resto de coraje, se arrojó a un costado haciéndose un ovillo. Rodó varios metros sin soltar su portafolios, envuelto en una tremenda polvareda. 

         Ayudado luego por los entusiasmados curiosos, se puso de pie en medio de los aplausos de quienes saludaban admirados la proeza de este gringo corajudo. 

         Esteban se sacudió el polvo y se encaminó hacia el colectivo, que se aprestaba a partir. Pero, antes de ascender, revoleando su portafolios, dirigió un saludo triunfal hacia donde quedaron los hermanos Canavesio, que no salían de su asombro y celebraban con singular alborozo tamaña intrepidez.

 
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