Por: Miguel Rubén Moreyra Pablito era un chico como muchos de los que vivieron en los primeros años de historia de nuestro pueblo. Una niñez y adolescencia de puro trabajo. Hijo de un canoero, desde muy pequeño tuvo que aprender el oficio de sus hermanos mayores acompañándolos en el esfuerzo constante por llevar el pan a su casa. Luego de cumplir con su tarea de asistir a la escuela, todos los días se sumaba con mucho entusiasmo al ir y venir desde una orilla a otra trasladando a los pasajeros que, en su mayoría, pasaban hasta El Colorado a comprar mercaderías. Recién al anochecer aseguraba su canoa y se retiraba a descansar, entregando orgullosamente el fruto de su trabajo a su mamá. Cuando en los fines de semana se hacían los bailes al aire libre en la pista Avenida, seguro que Pablito trabajaba toda la noche transportando a los bailarines y esperándolos para llevarlos de vuelta, ya de madrugada. Aquel sábado, después de llevar a la última pareja de bailarines hasta El Colorado, pensó que podría recostarse a descansar en la misma canoa en la paciente espera de la gente que, varias horas más tarde, regresaría de su diversión. Para no sentirse tan solo tenía la compañía de su perro Micky, un simpático cuzquito lanudo que le habían regalado en su cumpleaños. El bote atracó deslizándose suavemente en la arena y –cansinamente- el niño levantó los remos depositándolos en los ganchos dispuestos cerca de la popa. Hecho esto y sin molestarse en amarrar la pequeña embarcación, se atravesó en el mismo asiento usado para remar, se acostó sobre un almohadón y poniendo sus manos entrelazadas debajo de su cabeza, estiró todo su cuerpo a lo largo del asiento. Allí se dedicó a contemplar la inmensidad de ese cielo que consideraba suyo. En innumerables noches de paciente vigilia había observado tanto las estrellas, que conocía perfectamente como estaban dispuestas en el espacio y los nombres de cada constelación o que cada una de ellas recibía. Pero esa noche se le ocurrió que sería capaz de contarlas una por una y de inmediato se concentró en la utópica tarea, mientras su cachorro dormía aprovechando la humedad que una filtración había dejado en un sector del bote. Iban cerca de ochocientas, novecientas, mil estrellas minuciosamente contadas. Pero claro, había tenido un día muy agitado y el cansancio comenzó a hacer estragos en su débil resistencia. Y no tardó en quedarse profundamente dormido. En ese lapso ocurrió algo que jamás imaginó: el río comenzó a crecer y la canoa no tardó en despegarse de la arena, alejándose lentamente de la orilla para internarse luego en plena correntada que lo llevaría –irremediablemente- aguas abajo. Díos dispondría hasta dónde. ¿Cuánto tiempo pasó? Micky, que había despertado, comenzó a caminar desde la proa hasta la popa, sin encontrar el terreno que buscaba. Desesperado y gimiendo lastimeramente comenzó a lamer el rostro de Pablito, consiguiendo, a duras penas, que éste despertara.
¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? –se preguntó. Pronto cayó en la cuenta de lo que había pasado. Casi al borde de la desesperación, comenzó la difícil tarea de buscar los puntos de referencia para tratar de saber dónde estaba. ¡Las luces del pueblo ya no se ven! –exclamó para sí. La antena de radio de la policía tampoco aparecía a la vista. Si pudiera encontrar el naranjal de don Núñez… Pero nada. Sin embargo, agudizando la vista, alcanzó a divisar, en la inmensa oscuridad, una plantación de caña de azúcar que se recortaba en el borde de la barranca chaqueña y –angustiado- rogó que fuera la de don Pablo. Eso lo reconfortó y comprendió que, fuese lo que fuese, debía poner manos a la obra y… a remar se ha dicho. No había otra alternativa. Luchó contra la corriente que, con el inicio de la creciente, se había vuelto más rápida. Debía navegar muy cerca de la barranca para evitar la correntada. Le preocupaba muchísimo la posibilidad de no regresar al puerto a la hora que el baile culminaba, pues tenía la responsabilidad de atender a la gente. Eso le hizo caer en la desesperación. Remó con todo el frenesí que le permitían sus jóvenes fuerzas, pero el ímpetu de las aguas era superior. Mas recordó una de las enseñanzas de su padre: cuando el canal golpea una de las márgenes del río, hay que cruzarse a la otra orilla donde el vigor de las aguas decrece. Fue así que, en cada curva, se pasaba a la orilla opuesta, aprovechando al máximo todos los vericuetos del río para que sus fuerzas no lo abandonaran. De pronto, un ruido parecido a una explosión lo estremeció. A escasos metros de donde se encontraba, una gigantesca masa de tierra se había desbarrancado produciendo tan tremendo movimiento en el agua que algunos chorros alcanzaron a salpicar a Pablito. Luego sobrevino el oleaje que sacudió al bote haciéndole perder todo el control. Pasado este susto colosal, el niño se sobrepuso y siguió remando desesperadamente, rogando percibir algún ruido que le señalara la presencia humana. Luego de casi dos horas, comenzó a reconocer algunos puntos que le resultaron familiares: las líneas de don Espinoza, el pescador; la plantación de citrus de Núñez; la bajada de la vieja comisaría. ¡Ya estaba cerca! Hasta comenzó a escuchar el murmullo de la gente que volvía del baile. Inmediatamente los silbidos y gritos llamando al canoero, quien se felicitaba por haber llegado a tiempo. Si no, la gente no tendría con quién regresar. --¡Ya voy! –respondía débilmente Pablito, apelando a sus últimas fuerzas para llegar. Mientras cumplía con la misión de hacer cruzar a los pasajeros, Pablito trataba de contar a algunos su odisea. Estos, lógicamente, escuchaban su historia con un comprensible escepticismo. |